¿Qué leían nuestros próceres?

Monumento a San Martín en Boulogne-sur-Mer, Francia.

Monumento a San Martín en Boulogne-sur-Mer, Francia.

 

En el marco de diversas actividades organizadas por la Alianza francesa, la Biblioteca Nacional y el Centro Franco Argentino de Altos Estudios se han programado muestras y conferencias con el fin de conmemorar y repensar el centenario de la independencia y su legado.
En este contexto, el 19 de agosto se realizó una disertación en el auditorio de la Alianza Francesa que tuvo como protagonistas al filósofo e historiador José Emilio Burucúa y al actual director de la Biblioteca Nacional, Doctor Alberto Manguel.

J. E Burucúa comenzó su exposición con una pregunta central: ¿Qué leían nuestros próceres?, ¿qué lecturas y saberes alimentaron nuestras revoluciones? A partir de estos interrogantes presentó comparativamente las  bibliotecas de San Martín y Belgrano. El profesor destacó la formación  ilustrada e iluminista del General San Martín, y contó que en  sus campañas se hacía trasladar una selección de libros de los más de 400 volúmenes que tenía su biblioteca traída de Europa. Entre sus lecturas  se destacan  las obras completas de Denis Diderot, el dramaturgo Pierre-Augustin de Beaumarchais y  “Las aventuras de Telémaco” de François Fénelon, manual de educación del Príncipe y el buen soberano.

Por su parte, la biblioteca de Belgrano evidencia otro tipo de recorrido lector, más arcaico en palabras de Burucúa que el de San Martin. Sus lecturas se combinan entre tratados de economía política, textos de influencias pitagóricas, Ovidio, Plutarco así como también la obra  Venida del Mesías en gloria y majestad de Manuel Lacunza, jesuita cuyo texto fue publicado en Londres en 1816 gracias al financiamiento de Belgrano. Como destaca el investigador: “Belgrano se encuentra a caballo entre dos mundos”, lo barroco y las luces.

La circulación de los textos está impregnada por la historia de su recepción, los modelos de lector y sus contextos. A. Manguel continúa la disertación abriendo la reflexión sobre qué ocurrió en el siglo XIX que provocó en la gente este deseo de cambiar la forma de gobierno y la sociedad en la que se vivía. “Para recibir una idea hay que tener la capacidad de reconocerla”, enuncia. Y encuentra respuesta en los modos en que comienzan a configurarse las lecturas en la época. Los libros han dado a nuestros próceres, como enuncia Manguel, la posibilidad de construir un relato, de brindar un lenguaje para la revolución y revelar el poder de transformación y mediación de la formación intelectual. Manguel resalta para finalizar su discurso que nuestra revolución empezó en los estantes de las bibliotecas de nuestros próceres.

La relación eterna entre libros y revoluciones, entre saberes, discursos, lecturas e intervención  pone un juego un análisis necesario sobre el mapa intelectual de una época que se constituyó en dialogo y herencia con la Revolución Francesa y las doctrinas filosóficas y políticas del siglo XVIII. Toda revolución es, en definitiva el traslado de un historial de lecturas que median la representación de la realidad.

 

Por Natalia Maya.