Dany Laferrière: un escritor francófono, americano y japonés.

Dany Laferrière. Foto: Marie-Claude Hamel.

Dany Laferrière. Foto: Marie-Claude Hamel.

Dany Laferrière recuerda que cuando se convirtió en escritor le hicieron la siguiente pregunta: “¿Usted se considera un escritor haitiano, caribeño o francófono?“, a lo que respondió, “yo tomo la nacionalidad de mi lector. Lo que quiere decir que cuando un japonés me lee, yo me convierto inmediatamente en un escritor japonés”.

El intelectual y escritor Laferrière ha marcado un punto de inflexión para la Academia francesa convirtiéndose este año en el primer miembro canadiense y, además, de origen haitiano en ingresar a la institución; la élite de los llamados inmortales abrió así su círculo a la francofonía.

Nacido en Port au Prince (Haití) transita una vida marcada por el exilio, transcurre su infancia en Petit Goave donde su madre lo envía para protegerlo del régimen del dictador François Duvalier, contra quien su padre militaba. En 1976 busca refugio en Canadá debido a las continuas persecuciones de las milicias en su círculo cercano que ocasionarán la muerte de su mejor amigo, colabora allí en diversas publicaciones y adopta el país como lugar de residencia.

Estos viajes determinan experiencias que impactan en su lengua y narrativa, tejida en el mestizaje de espacios, identidades y cultura. Laferrière escribe como extranjero de su tierra, como el expulsado que encuentra en la escritura la construcción de una identidad geográfica trasnacional, la materia de una literatura migrante. Sus libros han sido traducidos a varias lenguas y en el año 2009, su novela El enigma del retorno recibió el prestigioso premio Medicis. El corazón de su obra es la “autobiografía americana”, en la cual el ciclo haitiano ocupa un lugar fundamental.

Dany Laferrière ha trabajado como intelectual y escritor sobre la liberación de la carga colonizadora de la lengua francesa, en su discurso de admisión a la Academia se pronuncia: “Ese 12 de diciembre de 2013 quise estar en Haití, en aquella tierra herida, para que me llegue la noticia de mi elección a la más prestigiosa institución literaria del mundo. Quise estar en  aquel país donde tras una terrible guerra colonial pusimos a la Francia esclavista afuera pero guardando su lengua. Aquellos guerreros no tenían nada contra una lengua que a veces hablaba de revolución, y a menudo de libertad.”

Es la lengua la que atraviesa el tiempo, según el autor, y no el individuo que la habla, pero su existencia sólo puede sostenerse en el uso que hace cada uno de ella más allá de las fronteras de una nación, y así la identidad estalla en las múltiples geografías que constituyen el paisaje de la nación personal: ser francófono, americano y japonés. La escritura de la experiencia, el lugar de la negritud en el mundo y la desconstrucción de hegemonías lingüísticas y culturales son temas centrales en su producción intelectual.

Narrar es siempre, como ha dicho Rilke, un modo de reinventar la infancia, esa patria a la que siempre se vuelve, esa lengua madre que nos constituye y estalla las fronteras.

 

Dany Laferrière en la Academia francesa.

Dany Laferrière en la Academia francesa.

 

Fragmentos de Je suis un écrivant japonais de Dany Laferrière (Bóreal, Québec, 2008):
“Ser escritor y ser caribeño no tienen porqué convertirme obligatoriamente en un escritor caribeño. ¿Por qué queremos siempre mezclar las cosas? De hecho, no me siento más caribeño que un Proust que se haya pasado la vida acostado. Yo pasé mi infancia corriendo. Ese tiempo fluído vive en mí. Cada noche sueño todavía con las tormentas tropicales que derribaban los pesados y dulces mangos en el patio de mi infancia. Y también con aquel cementerio bajo la lluvia. La libélula de alas translúcidas vista por primera vez una mañana de abril. La malaria que diezmó a todo mi pueblo y se llevó a mi primer amor, la del vestido amarillo. Y yo, febril todas las noches, leyendo a Mishima bajo las sábanas. Y no había nadie a mi alrededor que me dijera quién era Mishima. No recuerdo de quién eran aquellos libros que parecían estar en buen estado. ¿Qué hacían en mi pequeño pueblo somnoliento? ¿Cuál de mis cinco tías se encaprichó, en algún momento dado, con Yukio?¿Era el escritor preferido de alguna de las muchachas que frecuentaban la casa? Aún ignoro por qué camino llega un escritor a una familia. Y yo lo leía para escapar de esta prisión de lo real. En cambio, yo no me refugiaba en Mishima -la literatura nunca fue un refugio para mí-. Mishima, supongo, no escribía tampoco para quedarse en su casa. Nos encontrábamos fuera, en un lugar que no era en absoluto ni la casa de uno ni la del otro. En ese espacio que era el de la imaginación y de los deseos. […] para mí, Mishima era mi vecino. Repatriaba, […] a todos los escritores que leía entonces. A todos. Flaubert, Goethe, Whitman, Shakespeare, Lope de Vega, Cervantes, Kipling, Senghor, Césaire, Roumain, Amado, Diderot, todos vivían en el mismo pueblo que yo. Sino, ¿por qué estaban en mi cuarto?”

Por Natalia Maya
Foto: Marie-Claude Hamel